Las bestias de la Llanura (fragmento)

Hoy he querido dejaros un fragmento que me encanta de “Los microscópicos”, que es el último libro infantil que he publicado (aunque es el primero que escribí, paradójicamente).

Se trata de un libro de Fantasía para niños a partir de 11 años que está lleno de aventuras: malos malérrimos, malos menos malos, malos que en realidad son buenos… y unos protagonistas que tienen un poder poco común y algo peligroso en las manos equivocadas. Será por eso que aquellos que no tienen ese poder los temen y los persiguen, sin entender que lo importante no es el poder que uno tiene, sino lo que es capaz de hacerse con él. Pero claro, la línea entre el bien y el mal no siempre está demasiado clara…

En este caso he elegido un fragmento del capítulo 7, cuando los microscópicos ya han descubierto que son microscópicos y son perseguidos por la Liga Antimicroscópicos. Aterrizan sin querer en la gran Llanura, donde viven algunas criaturas… poco adorables: smúkers, jorks… ¿Conseguirán nuestros protagonistas escapar y llegar hasta la Facultad de Microscopía? Esperemos que sí:

En cuanto todos consiguieron llegar a la azotea, Sonna estrujó su mente y empezó a mover las partículas de tierra que había bajo el edificio, haciendo que lo engulleran a gran velocidad..

—¡Agarraos! —chilló Simbao.

Los chicos se sujetaron a lo que pudieron, a tiempo de no caer al abismo de casi veinte metros de altura. Pero la estructura amenazaba con tragárselos también a ellos.

Segundos antes de que el fango pantanoso se comiera el edificio entero, Simbao rodeó a los chicos con un cable largo que sacó de su bolsifago y dio un enorme salto con sus patas de saltamontes, tirando muy fuerte de ellos. Los chicos gritaron asustados y rodaron por el suelo justo en el momento en el que las últimas vigas metálicas desaparecían de la vista.

Sonna se acercó a ellos dando largas zancadas, y de un calambrazo dejó inmovilizado al hombre saltamontes, que se retorció en el suelo.

—Se acabó la aventura —les dijo a los tres micros­cópicos con una mirada inquisitiva—. Debemos irnos antes de que…

—Sonna… —la interrumpió su compañero Éibel.

—Luego, Éibel —chasqueó ella, muy molesta.

—Sonna… —repitió Éibel.

—¿Es que no ves que estoy ocupada?

—Sonna…

—¡¡¡QUÉ!!!

Su compañero, mudo de pánico, señaló la llanura con el dedo índice. Delante de ellos había toda una manada de lobos con grandes zarpas e intensas llamas azuladas saliendo de su pelaje. Mientras los rodeaban, gruñían y enseñaban unos colmillos curvos y afilados bastante más grandes que los de un lobo común.

—¡Esmúkers! —refunfuñó el hombre saltamontes mientras recuperaba la movilidad—. Claro, los habréis despertado con vuestra brillante idea. Las llanuras no deben removerse o…

Sonna le dio un puntapié a Simbao para que se callara y después se preparó para atacar a los lobos.

—Venid, bonitos… Venid con mamá… —les instó.

Los esmúkers dejaron de gruñir y se abalanzaron contra ella. La agente antimicroscópica creó un escudo protector a su alrededor mientras su compañero Éibel se cargaba de valor para lanzar sus relámpagos eléctricos.

Entre los dos estaban consiguiendo desviar a las bestias antes de que llegasen hasta ellos, aunque cada vez salían más y más de detrás de los edificios fantasmales y los rodeaban con gañidos desafiantes.

Los tres chicos miraban perplejos la escena, sin saber si debían moverse o quedarse donde estaban.

—Son lobos, lobos enormes —le dijo Enzo a Ocilbán, tratando de sonar tranquilo—. Están envueltos por… ¿fuego azul? 

—Son horribles, ¡horribles! —sollozó Acha, que se había tapado los ojos.

Y de pronto, en medio de la batalla, los esmúkers se quedaron paralizados, husmeando el suelo y estirando las orejas. Como si fueran las criaturas más mansas del mundo, escaparon con el rabo entre las piernas.  

—Parecen adorables y todo… —gruñó Enzo algo más tranquilo, pero el hombre saltamontes no estaba tan contento. Se incorporó con recelo y les hizo callar.  

—Esto no pinta nada bien… —farfulló olisqueando el aire—. Nada bien…

*Ilustración de Ruth Handayani

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